4 años

Pasé la última madrugada en la Plaza Liber Seregni. Era un poco rememorar lo que habíamos estado haciendo todo el año. Tomando mate y fumando porro en la Liber se fueron todas nuestras tardes del 2010. Yo ni tomo mate ni fumo porro, pero era muy feliz entre charlas, risas y a veces alguna guitarra.
No sé muy bien por qué quise irme. Es que en realidad no quería irme. Estudiaba en la Liccom, y casi que me pongo de pie para escribirlo, porque qué lugar que me hacía sentir como en casa. Me había hecho pila de amigos de ahí, y hasta me había enamorado un poco, de un hippie que me regaló un piercing para mi ombligo que había dejado alguna exnovia en su casa.
También se habían enamorado de mí. Pero no el hippie pelirrojo y con pecas. Otro, que me regalaba alfajores y todos los días me insistía para llevarme a casa en auto después de clase, y yo le decía que no, y él más se enamoraba. Lo que sí le aceptaba eran las invitaciones a merendar en confiterías linditas de Montevideo. Pagábamos a medias, y él más se enamoraba. Pero yo sufría por el hippie, que con sus pelo desprolijo había encantado a por lo menos tres de la clase, -hasta terminamos todas peleadas-, pero él eligió a la cheta que venía del Crandon y bailaba ballet. Entre idas y vueltas ellos tampoco llegaron a nada, y yo en mi última noche aproveché para darle un par de besos en el camino al almacén en el que comprábamos golosinas cuando el mate y el porro no eran suficiente.
Nos separamos todos para dormir un rato, aunque ellos terminaron la noche haciéndome un álbum con fotos de ese año lindo y loco.
Los volví a encontrar en el aeropuerto, en donde mis padres, mis tíos, mis primos y mis abuelos me despedían en lo que para ellos era el año que no me iban a ver. Yo no estaba nerviosa, ni ansiosa, ni nada. Estaba contenta y tranquila. Me iba un año a Alemania a divertirme, a aprender, a viajar. Un año no es nada, pasa tan rápido que cuando querés ver ya estás de nuevo en casa.
Me subí al avión escuchando música en mis auriculares incómodos que se me salían cada vez que me movía.
Ya hice tantas veces ese recorrido que ni siquiera me acuerdo de mis escalas. Sé que mi primer contacto con Alemania fue en Frankfurt y que casi perdí mi vuelo, por boluda, porque me fui a la puerta equivocada, pero como yo tengo pila de suerte y me sale siempre todo bien, cuando me di cuenta de que estaba en el lugar equivocado, y que por eso aunque mi vuelo debería de haber salido hacía media hora, no había llegado ni la gente de la aerolínea, me fui corriendo a la puerta correcta, y casualmente mi vuelo tenía un atraso de media hora.
Llegué a Hamburgo, esperé mi valija, rosada y gigante, y con ella salí para afuera, y sentí el primer vientito frío, deseé que la próxima nieve llegara pronto, y hoy, exactamente cuatro años después de eso, miro por la ventana los copos de nieve chiquitos cayendo rápido, y deseo que llegue pronto el próximo calorcito. O el próximo viaje a Uruguay, para tomar unos mates y fumar un porro en la Liber, sin tomar mate ni fumar porro, pero con Uruguay a mi alrededor.

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